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miércoles, 25 de diciembre de 2019

La unción de los enfermos y el Viático


El sacramento de la unción de los enfermos no lo encontramos directamente redactado como tal en las Sagradas Escrituras, pero sí se encuentra ya insinuado en el texto de Mc. 6,13 y promulgado por Santiago en su carta (Stg. 5,14s).
Este sacramento se ha de entender unido al sentido de la muerte y la enfermedad que se produce en los hombres. El hombre experimenta dolor y sufrimiento en los momentos de máxima debilidad. Dios que no es indiferente a las carencias y sufrimientos de los hombres, da un sentido profundo a la muerte y la enfermedad acompañando y aliviando en Cristo a todos los hombres.
El viatico va unido a la Eucaristía como envío de la Iglesia terrena a la Iglesia celeste del bautizado. Por medio de la Eucaristía en las postrimerías de nuestra vida terrena, nos acercamos a la gloria de Dios que ya incoada en este mundo se despliega en la vida futura prometida tras la muerte del cuerpo. Por este motivo, y en vista a la vida futura, el sacramento de la unción perdona los pecados, ya que se acerca el bautizado a la vida plena y santa.
Luego acompañar al enfermo y aliviar sus sufrimientos, hace que también nos acerque a la imagen de Cristo como siervo sufriente y dócil a la voluntad del Padre. Al fin y al cabo es un acto de tremendo amor y aceptación de la enfermedad y la muerte, cuando ésta se recibe como voluntad de Dios: “Nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rm. 8, 38-39)

1-     Historia de la salvación y la unción de los enfermos
Dios se hace presente siempre en la vida de los hombres, pero especialmente en los momentos más duros, como puede ser la enfermedad o la muerte. De hecho su acción consiste en otorgar el don del Espíritu Santo y la gracia de la Pascua.
Cristo por su Pascua no negó la enfermedad y la muerte, sino que las purificó de su significado de castigo y carencia al aceptarlas en su propia vida. De hecho plenifica ambas realidades del existir humano, otorgándoles el nuevo contenido de la Gracia que deriva de su Pascua de redención y de una nueva existencia en el Espíritu.

1.1.           La enfermedad y sus significados
En el Antiguo Testamento la enfermedad se entendía como un límite humano y una debilidad física que se contraponían a la vida y la plenitud de fuerzas. Dios que era el dueño y señor de la vida, se situaba enfrente de aquellos que perdían el favor del mismo, los cuales eran condenados a la muerte o la enfermedad.
El israelita veterotestamentario se pregunta sobre la posibilidad de existencia de la debilidad en su propio pueblo, pues al considerarse ellos mismos como el pueblo escogido por Dios y, por tanto, los verdaderos depositarios de las promesas protectoras de Dios sobre sus hijos; no comprenden que ellos particularmente en individuos, o en colectividad como pueblo, experimenten la enfermedad y la muerte en igual número que los pueblos vecinos, como si el Dios de la vida los hubiera abandonado.
1.1.1.                 El vínculo entre enfermedad y pecado:
La primera explicación que el pueblo de Israel alcanza ante esta cuestión se trata de unir el concepto de enfermedad, con el de pecado. Por tanto, la enfermedad se entendería como una consecuencia del propio pecado. El pecado es entendido como un alejamiento a Yahvé que trae como consecuencia la enfermedad y en último término la muerte.
De hecho, para el israelita de esta época, Dios creó al hombre para la armonía pero el pecado de los primeros padres rompió esta armonía primigenia trayendo al mundo el mal y las enfermedades. Esta idea de entrada del mal por el pecado en el origen se extenderá tanto en el Antiguo Testamento que incluso se llegará a ver en cada enfermedad concreta una consecuencia directa del pecado personal del que se ve afectado por ella.
Frente a esta concepción, podríamos decir consecuencialista de pecado y enfermedad, se plantará Jesús al curar al ciego de nacimiento (Jn. 9, 1-3) donde dirá que su enfermedad no es consecuencia del pecado de nadie. El vínculo entre enfermedad y pecado estaría en la condición humana herida, y no en las situaciones personales.
1.1.2.                 La enfermedad del justo:
¿Qué ocurre en la mentalidad judía veterotestamentaria cuando el impío goza de buena salud y el justo temeroso de Dios se enferma?
Esta cuestión va a plantear un cambio de paradigma en la primera concepción, pues es fácil entender que si uno peca cae en el castigo de la enfermedad, pero no se entiende igual de fácil que el justo sufra mientras el impío no es castigado por sus actos.
Para resolver esta problemática se utilizarán varias concepciones diferentes. La primera de explicación que se da a ello es que la felicidad del impío es aparente y se acabara (Sal. 73). Se trata de considerar esa buena suerte o apariencia de salud a algo circunstancial que en cualquier momento se traba o se transforma en retribución por el daño causado.
También se potencia  la consideración de una solidaridad cooperativa por la que los hijos pagan los pecados de sus padres. De manera que el pecado ya no es consecuencia de los propios actos, sino que se llega a heredar la culpa de unas generaciones a otras.
Pero, esta idea, ya empiezan a ponerla en duda los profetas (Jr. 31,30; Ez. 18, 3-4). Estos profetas llegan a afirmar que cada cual es responsable de sus propios actos y las consecuencias de estos, sin que se pueda culpar a otros o incluso heredar la culpa de unas generaciones a otras.
El libro de Job rompe con esta forma de entender el sufrimiento personal por cometer pecados propios. Pues, aunque Job reconoce ser un pecador, no está igualado el castigo recibido por la falta cometida. Es desproporcionado completamente la concepción del pecado de Job con los males que le atañen.
De esta manera aparece en el pensamiento israelita la idea de que el sufrimiento es en realidad una oportunidad de encuentro con Dios. Se la empieza a ver como una situación en la que el hombre puede demostrar su fidelidad hacia Dios. Sirve, por tanto, para tener un conocimiento más claro de Dios, por un lado; mientras que ya se comienza a vislumbrar un anhelo y un presagio de la futura resurrección.
1.1.3.                 El siervo sufriente:
En la plegaria de intercesión de Moisés por el pueblo de Israel (Ex. 17,11; 32,30; Nm. 11,2) y en el cuarto cántico del siervo de Yahvé del profeta Isaías (Is. 52,13-53,12) podemos vislumbrar como el sufrimiento del justo se convierte para el autor sagrado en un acto de intercesión y expiación por los pecados de los hombres.
Se produce un cambio radical en el pensamiento anterior con respecto a esta idea. Antes la solidaridad de todos se realizaba en unión con el pecado, ahora la solidaridad entre los hombres se realiza con relación a la salvación y a la liberación. Cuando el sufrimiento se vive con la disponibilidad en el Señor, se entra a formar parte de la alianza salvífica de Dios con la humanidad, realizándose como evento de gracia para todos.
1.2.           La curación como signo mesiánico
Dios quiere la vida y la sanación de los enfermos, por eso hay que integrar la revelación del Dios de Israel en la óptica de la salud y la vida. Dios es el pastor pero también el medico que cura a su pueblo. De esta manera, los enfermos van a dirigirse al representante de Dios en la tierra, es decir, a los sacerdotes y profetas, para confesar sus pecados y pedir la gracia de la curación.
La espera mesiánica consiste en que Dios vendrá a sanar a su pueblo de las heridas y tribulaciones que le afligen. Cuando aparezca Jesús, uno de los signos mesiánicos que él realizará es el de obrar milagros de sanación a los enfermos. Realiza gestos concretos pero también con su Palabra de llamada a la conversión está obrando el cumplimiento de esta llegada mesiánica.
1.3.           Redención y unción de los enfermos
Cristo ha llevado sobre sí la salvación de los hombres, Pablos invita a que los dolores completen la pasión de Cristo. Ya que si por el bautismo entramos a formar parte del cuerpo de Jesucristo, también se entiende que la enfermedad deviene en camino de redención.
1.3.1.                 El gesto de la unción:
En momentos de enfermedad la fe se puede tambalear y caer en manos del demonio, por eso desde el principio de su mandato, Jesús le da sus discípulos el poder de sanar y expulsar demonios. Aunque el gesto de sanar aun no es una institución sacramental, sí que se entrevé un poder simbólico muy grande. El aceite es muy simbólico para el pueblo de Israel, ya que se le puede otorgar dos connotaciones religiosas: símbolo de consagración y símbolo medicinal.
El ungir a los enfermos con oleo (símbolo de la consagración a Dios) era una práctica muy extendida entre los judíos, así como orar sobre ellos. Pero sin embargo, Jesús la dota de un nuevo contenido y profundidad simbólica.
1.3.2.                 La unción como gesto salvífico:
El acompañar y sanar a los enfermos aparece en los Evangelios como un signo de la venida del mesías en Cristo. Pero la institución sacramental solo se entiende tras la resurrección cuando Jesús lo ordena hacer con mayor diligencia y se instituye, él mismo, como médico del cuerpo y de las almas. El único testimonio escriturístico de que existen unos ritos con un significado esenciales aparece en la recomendación de la carta de Santiago.
1.3.3.                 La carta de Santiago:
El texto se encuentra en la tradición hebrea pero deja entrever una nueva conciencia del rito que ya se andaba practicando con los enfermos en el mundo semítico.
El sujete que se describe es un enfermo que llama a los presbíteros, luego es un sujeto consciente y no parece ser un moribundo. Los presbíteros actúan en nombre de la Iglesia, no para sí mismos, sino de manera vicaria, porque es el Señor el que hará que se levanten y se sanen.
La comunidad cristiana tiene un papel importante al estar orando por el enfermo, para que así Cristo pueda desplegar sobre el enfermo la eficacia de su Pascua. Es, por tanto, el Señor el que salvará al enfermo y no el acto de los presbíteros como tal. Se trata de una oración de intercesión y no de magia. Tiene dos sellos esta oración sobre el enfermo: uno corporal, “hará que se levante”; y otro espiritual, “si ha cometido pecados, le serán perdonados”.
“La oración de la fe salvará al enfermo”: con esta frase se recalca la acción mediadora de la oración y niega el que sea una acción mágica. Es, por tanto, necesario que el enfermo llame a los presbíteros con fe y tenga a sí mismo, una voluntad de que sea el Señor el que obre la cura sobre él. La Iglesia debe invocar el nombre del Señor para que actúe Dios mismo como hizo el profeta Elías al pedir la lluvia. Así el Resucitado se hará presente en la vida del enfermo.

2-    La unción de los enfermos en la historia de la salvación.
Dentro de los acontecimientos de la historia de la salvación se ve que la unción representa la presencia del Kyrios en medio del dolor y la enfermedad. Se subrayan de esta forma, dos formas tipológicas bíblicas: el santificar-liberar y el llamar-enviar.


2.1. El evento de santificación y de liberación.
La unción despliega en el enfermo la gracia de Dios “en una renovada efusión del Espíritu que permite al enfermo santificar su condición y transformarla en un evento salvífico para sí y para la Iglesia”
Además, siempre que no se pueda celebrar el sacramento de la reconciliación, la unción tiene la capacidad de perdonar los pecados para que el enfermo reciba la Gracia de Dios en su totalidad. De esta forma, se hace participe al enfermo de la victoria pascual de Cristo, en la espera de entrar en la patria prometida.
Aunque el centro del sacramento es la curación corporal, se entiende que está subyugada a la espiritual. La sanación es un don de Dios que se da con el fin último de la salvación total del enfermo.
2.2. El evento de vocación y misión.
Con la unción, la enfermedad, se convierte también en un acontecimiento vocacional. No se trata del hacer, sino del ser, del pertenecer al interior del cuerpo místico de Cristo y de la comunión de los santos.
Se completa así la semejanza a Cristo que se recibe por el bautismo y la confirmación. El Cristo sufriente es el que alcanza la gloria. Pero también, por su contenido salvífico-sanador, complementa el sacramento de la penitencia.
Es, por tanto, una llamada a la vida plena con Jesús que se completa con los sacramentos de la iniciación cristiana y que dona la gracia del Espíritu Santo para poder vivir la enfermedad según el proyecto de Dios.

3-    La historia de la salvación en el rito de la unción de los enfermos.
El sacramento de la unción ha sido a lo largo de la historia reducido a un acto final de la vida encaminado solo a despedir a moribundos. Pero desde el Concilio Vaticano II se le ha querido reforzar y recuperar en su sentido profundo de sanación y oración por todos los enfermos y no reducirlo solo a los moribundos; aunque, como se verá más adelante, estos últimos tienen reservado el viático como rito propio y peculiar dentro del amplio rito de la unción.

3.1. La bendición del óleo
Esta bendición que se realiza sobre el óleo de los enfermos guarda muchas similitudes teológicas con la bendición sobre el agua del bautismo, aunque en este caso particular siempre se ha de bendecir y no como en el bautismo que se puede excluir en caso de necesidad.
Se trata de una bendición trinitaria en la que Dios santifica el óleo, por medio de su hijo Jesucristo, para que el enfermo reciba la fuerza del Espíritu Santo que le permita soportar la enfermedad.
3.2. El rito de la unción de los enfermos
Hay cuatro momentos fundamentales en el rito de la unción de los enfermos que van a ser detallados a continuación: Los ritos iniciales, la liturgia de la Palabra, la liturgia del sacramento y los ritos de conclusión.
-         Los ritos iniciales unen éste sacramento con el del bautismo a través de la aspersión del agua sobre el enfermo y también unen con el sacramento de la penitencia al recitarse el acto penitencial.
-         La liturgia de la Palabra pone el sacramento en relación con la historia e la salvación y presenta como Dios ha realizado curaciones a lo largo de la misma historia. Así mismo se subraya la importancia de la fe para acoger la unción y sus dones.
-         La liturgia del sacramento se relaciona con la historia de la salvación y se contextualiza en los sacramentos de la iniciación cristiana. Por eso, tras la letanía que manifiesta las obras salvíficas de Dios, el ministro impone en silencio las manos sobre el enfermo. Después es la bendición del óleo y la acción de gracias sobre éste ya bendecido, la unción sobre el enfermo se realiza sobre le frente y las manos, y la formula sacramental (que se extrae de la carta de Santiago)
-         En los ritos de conclusión se encuentra la recitación del Padrenuestro  como confianza del hijo enfermo en su Padre que lo sanará; y también hay una bendición final para vivir la enfermedad desde la gracia, la oferta de sí mismo y la comunión eclesial.
3.3. La fórmula de la unción
La fórmula del sacramento de la unción de los enfermos es la siguiente:
«Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad»
Como se puede observar es la ratificación sobre el enfermo de aquello que ha confesado en su vida desde el bautismo y que ha corroborado en cada celebración eucarística de las que ha participado.
El enfermo recibe así la fuerza del Espíritu Santo que lo ha de salvar y reconfortar en línea con la idea mesiánico-escatológica. Especialmente es así cuando se trata de un enfermo moribundo que entonces se le une el rito del viático como inicio de la eternidad en el bautizando que está a punto de partir hacia la vida eterna.

4-    El viático: evento que realiza la historia de la salvación en el bautizado
El viático siempre se ha practicado en la Iglesia, incluso cuando el perdón de los pecados quedaba reservado a una sola confesión en la vida. Siempre se ha administrado el viático al final de la vida, incluso a aquellos que no habían recibido esa penitencia única.
4.1. La muerte del cristiano como un “tránsito” pascual
El viático es el sacramento del paso de la muerte a la vida. De hecho toda la vida del cristiano está orientada a la muerte y posterior resurrección, de ahí la importancia de vivir la vida como Jesús lo hizo en torno a su propio sacrificio.
El hombre fue creado para la vida y la inmortalidad pero el pecado ha truncado esta naturaleza primigenia; por eso, hay que restituir de alguna forma ese daño esperando que Dios haga por nosotros lo mismo que ha obrado en su hijo. El creyente resucitará a través de Cristo para una vida que no tiene fin. Para el cristiano el morir es entrar en la casa del Padre para participar de la victoria de Cristo.
4.2. El sacramento de la muerte del cristiano
El hombre comienza a serlo porque se plantea, sobre todas las criatura de la naturaleza, el problema de la muerte. Es algo que lo rodea en toda su existencia y que va experimentando en toda su vida. La muerte siempre está presente en el existir del hombre. La sociedad contemporánea intenta obviar esta realidad, pues al no poder evitarla, se cree que al ignorarla nunca podrá llegar a producirse. Pero por mucho que se la intente evitar o prorrogar en el tiempo, el acontecimiento de la muerte siempre nos alcanza y no se puede frenar el deseo de más allá que surge en el corazón del hombre
4.3. Presencia salvífica del Resucitado
El viático une el realismo de la muerte con la nostalgia de eternidad que poseen los hombres. Es, por tanto, parte de la antropología teológica de la muerte y de su justificación redentora.
4.3.1. Dimensión Pascual
La muerte es un momento de extrema soledad, se sitúa el hombre ante su pasado y su futuro. Para ello el viático se convierte en el alimento y provisión para el nuevo vivir que comienza tras la muerte.
Se recomienda que el viático se otorgue unido a la celebración de la Eucaristía, incluso en la casa del enfermo, para que al comulgar el cuerpo y la sangre de Cristo se una el enfermo al sacrificio redentor de Cristo.
Se trata así, del sacramento del paso de Cristo de éste mundo al Padre y símbolo de su triunfo glorioso. Es en el viático, como nunca en ningún sitio, dónde se consigue unir la Pascua, la Eucaristía, la realización de la vida del bautizado y la escatología.
4.3.2. Dimensión bautismal
El viático es la realización y último cumplimiento del Bautismo. Si por la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía) el cristiano se inserta en la Iglesia y en la vida de fe; la última iniciación (Penitencia, unción y Viático) inserta en la comunidad de la Trinidad.
Tras la aspersión con el agua en el viático, se otorga un nuevo sentido a la profesión de fe y el rezo del Padrenuestro se hace ahora desde la confianza de participar en la filiación divina del Padre con el Hijo.
4.3.3. Dimensión eclesial
Este momento se vive dentro de la Iglesia, con la Iglesia y como Iglesia. Por eso es la propia comunidad eclesial la que debe participar de manera comunitaria en la celebración del viático, bien como la gran comunidad reunida o como una pequeña representación de la misma (familia del enfermo)
Especialmente hermoso es en la celebración el rito de la paz, en el que se contempla abrazar al enfermo o darle el beso de la paz, que se convierte así en un gesto de amor hacia el hermano, y también como acto de despedida hacia aquél que parte a la Iglesia celeste, desde la terrena. Se trata, por tanto, de superar la soledad de la muerte y sentirse acogido en el abrazo de la comunidad de los santos.
4.3.4. Dimensión escatológica
Cuando se come el cuerpo y la sangre de Cristo se une el cristiano a él y participa de su gloria. De manera que Cristo ha prometido la vida eterna al que participa con él de su celebración pascual. Se convierte el viático en ese compartir la resurrección y ser glorificados en Cristo, unidos en el mismo corazón de la Trinidad y en la comunión de los santos.

Conclusión:
A modo de conclusión del presente comentario voy a realizar una síntesis sobre lo visto referente al sacramento de la unción de los enfermos y recalcando con especial consideración el recibimiento del viático.
Referente a la unción se la debe entender enmarcada en la totalidad de la vida del hombre. Pues éste ante el sufrimiento y la muerte puede experimentar la soledad, el miedo, incluso el alejamiento de Dios. Por eso, la unción es el sacramento que une y reconcilia con Dios y con la Iglesia.
Ya desde el principio de la predicación apostólica, la misión de Cristo invitaba a curar a los enfermos, ungirlos con óleo y resucitar a los muertos. La Iglesia lo ha conservado desde sus orígenes mismos.
El gesto de imponer las manos, no en el enfermo, sino “sobre” el enfermo se entiende como un acto salvífico del Señor resucitado y un evento de curación total con efecto en lo espiritual y lo corporal. Se repite así, por medio de la Iglesia y en el nombre de Cristo, los mismos gestos y acciones que él mismo obró en su vida.
El óleo es la materia del sacramento y la oración de los presbíteros es la forma del mismo. Ambas, materia y forma, convierten el acto sacramental en un evento de santificación y liberación, de vocación y misión en perspectiva de los “mirabilia Dei” de la historia de la salvación. Como dice Lumen Gentium 11:
«Con la unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda los enfermos al Señor paciente y glorificado, para que los alivie y los salve, e incluso les exhorta a que, asociándose voluntaria-mente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyan así al bien del Pueblo de Dios»
En cuanto al Viático habría que concluir que es la forma de unir el sacramento de la unción con el de la Eucaristía, siendo ésta una tradición muy antigua en la Iglesia. Se nos invita así a recordar las Palabras de Cristo que nos dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn. 6,54). Es, por tanto, la unión de la vida terrena con la futura vida eterna.
Frente a los sacramentos de la iniciación cristiana, los de la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía en forma de viático son la preparación para entrar a formar parte de la Patria celeste. Así como la Confirmación perfecciona los efectos del Bautismo y culmina en la Eucaristía toda la iniciación cristiana; la unción perfecciona los efectos de la Penitencia, celebrada en el momento de la muerte y culmina también en la Eucaristía, como viático. Se constituye así la iniciación escatológica de los bautizados a la visión beatífica. Es la entrada en la Jerusalén celestial.

martes, 13 de febrero de 2018

Comentario al libro: LOS SACRAMENTOS DE LA VIDA DE L. BOFF



1.       Puerta de acceso al edificio sacramental
En esta obra Leonardo Boff pretende despertar en el lector, el amor por los sacramentos. Los cuales ya desde el principio va presentando como algo más amplio a la propia realidad sacramental de la Iglesia. El autor los presenta como unos signos y símbolos que están presentes en el mundo que nos rodean, y que trascienden la propia realidad sensible. Son aquello que nos rodea, con un lenguaje propio y que conduce al hombre a una comprensión mayor de la realidad.
Para Boff, las cosas del mundo pueden hablar, y el hombre es el único ser en la tierra con capacidad de escucharlas, de leer en ellas aquello que quieren comunicarnos. El mundo tiene en sí mismo un alfabeto propio que nos habla a través de signos que nosotros, los seres humanos, somos capaces de leer. Todo el mundo habla de una realidad mayor, de Dios que está escribiendo en el mundo, y lo trasciende como autor del mismo.
Se dice que el hombre, tras la modernidad ha perdido esta capacidad de escucha, de lectura de la realidad. El ser humano que se ha quedado encerrado en la inmanencia de la ciencia y no es capaz de leer más allá de los acontecimientos, dice el autor, que se debe no a la perdida de la capacidad de trascendencia, sino a que ya no se entienden los símbolos del mundo como antes. Los símbolos han quedado momificados, y ya no es tan fácil ver más allá de ellos; el hombre necesita que se le explique el símbolo, y eso hace que pierda su fuerza simbólica.
Los sacramentos son un juego entre el hombre, el mundo y Dios. De ahí que el símbolo no necesite explicación, sino vivencia, capacidad de vivirlo y realizarlo existencialmente. Los antropólogos sitúan al hombre ante la realidad en un proceso triple:
a)      Primero el hombre ve la realidad con temor. Se admira de la realidad y estudia con miedo, por el desconocimiento qué es lo que ocurre.
b)      Poco a poco va aplicando sus conocimientos (Ciencia) para dominar esa realidad que le admira y aterra. Empieza a ser dueño de ella
c)      Por último, acaba por acostumbrarse a la realidad del mundo. Ya ve en los objetos que le rodean símbolos, que le evocan ese temor primero y el esfuerzo que ha hecho por superar sus limitaciones. Trasciende el mero objeto físico que le habla de un esfuerzo propio y a la vez de un poder mayor a él, Dios.
Un objeto sencillo, como un cigarrillo, puede por la publicidad llegar a simbolizar al hombre la posesión y control del mundo. Un poder superior que anhela y busca con hechos concretos (fumar). Esto se debe porque los hombres somos capaces de hacer de cualquier objeto un símbolo y de las acciones, ritos. La materia física del mundo nos conduce al sacramento, a ver el mundo como esa realidad trascendente.
Por eso, aunque la fuerza de trascendencia de los siete Sacramentos es mayor al resto, no debemos quedarnos encerrados en esta mera sacramentalidad, sino que debemos ver a la Iglesia como un sacramento mayor, y ver a Dios en el sacramento del mundo, de la vida.
El sacramento nos habla cada día. Nos comunica su fuerza simbólica, pero no con una capacidad descriptiva ni apologética, sino con la fuerza de la narrativa. Nos habla del encuentro del hombre con otros hombres, con los objetos y con Dios.
Aunque en muchas ocasiones, la Teología ha olvidado este impulso vital, esta fuerza de vida, los sacramentos siempre han estado presentes para potenciar este elemento de encuentro tan importante. Por eso podemos evocar en el presente, el pasado y el futuro. El mundo es un sacramento que nos abre la puerta a la trascendencia, que nos habla y conduce a Dios.
2.      El sacramento del vaso
En el presente capítulo, Boff, presenta la esencia misma de los sacramentos y como estos pueden ser comprendidos desde la sensibilidad. Para ello se vale de la imagen de un vaso, antiguo que durante generaciones ha pertenecido a su familia y ha pasado de ser un mero objeto, incluso puede que poco útil, para ser casi un miembro más de la familia. Porque evoca más que su propio ser objeto, llega a ser sujeto.
Todo este amar al vaso, y ver en él más se debe a que la primera experiencia evocadora del hombre comienza en su ser y sentirse en una familia. La propia vida bebe de ese vaso familiar. Es un vaso simbólico que recoge tu propia realidad vital y que te sacia más que el contemplar la realidad, beber el agua, del mundo con otro vaso. Puede ser esa fuerza sacramental que transforma lo malo (metáfora del agua contaminada) en bueno (agua limpia). Porque cambia la forma de trascender y leer la realidad.
Boff dirá que un sacramento es “una señal que contiene, exhibe, rememora, visualiza y comunica otra realidad diversa de ella, pero presente en ella.” Es decir, que es una realidad que no se agota en su objetivación sino que apunta a una realidad mayor. En el caso del vaso, no es solo eso, sino que es todo lo que significa la familia para el autor. Es un sacramento de su propia vida.
De ahí que haya dos formas de acercarnos al vaso: con una visión externa, es decir científica podríamos apuntar desde distintas disciplinas que es el objeto, de que esta hecho, para que sirve, incluso su lugar en la historia. Pero solo con una visión interna y profunda, alcanzaremos su valor sacramental. Solo desde el sentirlo desde dentro, dejara de ser un objeto (algo observable) para ser un sujeto (algo compartido, vivido).
3.      El sacramento de la colilla
Boff presenta otra forma de comprender y vivir los sacramentos. En este caso partiendo de la experiencia vivida, de aquella realidad que te comprende, te constituye y te ha formado en tu ser-en-el-mundo. De esta forma una basura, como puede ser una colilla, puede llegar a ser un sacramento de vida; pues esta remite al último cigarro fumado por su difunto padre. La colilla le evoca sus vivencias con él, lo lleva a la comunión con aquel que ya no está físicamente presente. Pero que se puede rememorar, por medio del símbolo (el cigarrillo) su vida y su obra con el hombre.
Por tanto, un sacramento también es una realidad que nos recuerda experiencias y vivencias, que nos han ido edificando y construyendo. Pueden ser personas que vemos en nuestra vida, casas, lugares, monumentos, etc., que apuntan más allá de lo que se ve, porque nos recuerdan y transportan a nuestras vivencias.
Por este motivo, según el autor, todo puede ser sacramento. Pues el mundo entero nos está hablando y solo podremos sacramentalizarlo cuando se mira con los ojos de la humanidad. Humanizar el mundo es contemplar la realidad con los propios ojos del hombre, de aquel que siente y atrae hacia si la fuerza evocadora de su vida, en símbolos que está a nuestro alrededor. Esta es la vocación del hombre para con el mundo, ser capaz de mirar con ojos humanos, trascendentes.
4.      El sacramento del pan
Una bella imagen, que nos ofrece el profesor Boff para la comprensión sacramental, es en este caso, el pan que elabora su madre. Pan que es en sí una metáfora del esfuerzo de una mujer que actúa por amor a su familia. Pero también es recuerdo de las peleas, la vida familiar, el compartir la propia vida y existencia entre todos.
Las cosas, como este pan, pueden ser todas iguales; o pueden, por medio del sacramento, ser diferentes a aquellas que se le parecen. Ese pan para Boff, es único, aunque externamente muestre lo mismo que cualquier otro. Es el pan de su madre, de su casa. Es único en el mundo.
Esto se debe porque los sacramentos gozan de una realidad visible, tangible, in-manente, aquello que se ve y se palpa con los sentidos corrientes. Pero que no se agota en ello, sino que gozan de la capacidad de traer ante sí, una realidad trascendente. Hacen visible, aquello que no lo está de manera sensible. Se produce una experiencia por la que lo in-manente, evoca la trans-parencia de otra realidad, que trans-ciende lo sensible, y visualiza lo que no está ante nosotros. El sacramento es por tanto realidad inmanente y transcendente, mediatizado por su capacidad transparente (capacidad de visibilizar lo que no se ve).
5.      El sacramento de la vela de navidad
Cuando se encontraba en horas bajas Leonardo Boff, al vivir la primera navidad lejos de su patria sintió el calor de la fraternidad, con el don, el regalo de una vela. Esa vela pasa a ser un sacramento que apunta el don de la fraternidad, que une las fronteras y hace entrar en una comunión, no solo humana sino divina.
Esto le lleva a pensar que visto desde los ojos de Dios, todo es sacramento. Si hasta ahora los símbolos lo habían dejado en el terreno de lo meramente humano, a partir de ahora le apunta a Dios. Siente la comunión sacramental con Dios. Él define esta unión con Dios como una experiencia interior que alcanza las raíces de la propia existencia. Algo tan profundo que solo puede ser obtenido por la luz del sobrenatural.
Por tanto, el que mira el mundo, y lo siente desde la transcendencia divina, de un Dios que se esconde ante la realidad, verá que todo es más de lo que parece. Con los ojos puestos en Dios, se es capaz de transcender toda la realidad mundana
Porque el mundo como sacramental, posee dos funciones: indicadora y reveladora. Hay un doble movimiento en la transcendentalidad del hecho sacramental. Por un lado hay una acción de Dios sobre las cosas (función reveladora), mediante la cual se observa la acción de Dios y se puede conocer quien es; pero por otro lado, hay un movimiento que se dirige de la cosa a Dios (función indicadora) la cual nos muestra desde lo sensible a lo trascendente. Todo el mundo apunta hacia Dios y revela a Dios, solo hay que saber mirar la realidad con esa mirada trascendente, como sacramento.
6.      El sacramento de la historia de la vida
En este caso el sacramento es la propia historia del hombre. Por eso, cuando él en su vocación es ordenado sacerdote, puede hacer presente aquello que lo impulsó a seguir una vocación específica. Toda su vida es leída desde los acontecimientos del pasado, las decisiones, las experiencias vividas que lo han constituido lo que él es.
El pasado es un sacramento para el presente. La historia personal y colectiva de un pueblo es sacramento que hace un presente feliz (por la liberación de Dios) o desdichado (la opresión). La historia humana, por tanto, está sacramentalmente vivida para hablar del presente de cada uno, pudiendo revivir el pasado, como signo de liberación o de perdición.
7.      El sacramento del profesor de enseñanza primaria
Partiendo de la experiencia vital de su profesor de primaria rural, el autor, va presentando como una persona puede llegar a ser sacramento como imagen de entrega, abnegación y esfuerzo de trabajar por los demás. Para él, el testimonio de este hombre humanista supuso un encuentro sacramental con una realidad superior.
Tomando este símil, él ve en Jesús de Nazaret el sacramento frontal de Dios en el mundo. La presencia sacramental de Dios, es Jesús, el cual encarnó en la tierra todas las virtudes y características propias de Dios. Para él todo hombre bondadoso y entregado es sacramento de Jesús, como Jesús lo es de Dios.
Al encontrarte con Jesús, al convivir con él y conocerlo, puedes experimentar la grandeza de Dios, y también el verdadero amor humano. Jesús aúna en su persona los dos sentidos propios de ser Dios y hombre, es por tanto, el sacramento que une ambas experiencias. Por eso es sacramento de unión entre Dios y los hombres.
8.      El sacramento de la casa
La casa es el lugar donde sacramentalmente uno tiene su lugar concreto en el mundo, y donde además encuentra su sentido existencial. Todo en ella le resulta familiar, y está tranquilo y agusto cuando la siente y vive. Además, desde la casa, el poder sacramental se va agrandando abarcando toda la realidad circundante en forma de círculos concéntricos que van creciendo y haciendo sacramental todo lo que rodean.
Si en el epígrafe anterior se veía que Jesús es sacramento de Dios, la Iglesia es el sacramento de Jesús. La Iglesia es como una casa, en la cual su sentido de familiaridad se la da el ser sacramento de Cristo, es por tanto, un lugar familiar para todo aquel que lo sigue. Se convierte así en un organismo vivo, una comunidad de salvación donde todos se sienten sacramentalmente como en casa.
9.      Los ejes sacramentales de la vida
En toda casa hay lugares que tienen una significación mayor que otras, como por ejemplo el comedor o el dormitorio de los padres. Así como hay acontecimientos y fiestas (cumpleaños, aniversarios, etc.) que hacen que la sacramentalidad de la convivencia familiar se vea potenciado y mayormente sacramentalizado para todos.
En la Iglesia, como en la casa, esto también ocurre pero especialmente se refleja en los llamados siete sacramentos. Estos responden a un doble nivel de entendimiento y se explican desde ellos:
Desde un nivel histórico-consciente son siete sacramentos porque el devenir de la historia así los ha estipulado, desde Jesucristo hasta el Concilio de Trento se han ido fraguando y concretando como tal, es una forma positiva de acercarse a ellos.
Pero también podemos ahondar más profundamente en el misterio de los siete sacramentos, para verlos desde un sentido estructural-inconsciente. Desde esta visión, los sacramentos se presentan como un acompañar la propia vida desde el nacimiento hasta la muerte, con Dios y los hermanos. Es la forma de vivir la vida, acompañado de la Gracia de Dios.
Estos siete sacramentos desdoblan y subliman la propia existencia humana. Hacen que los acontecimientos diarios, se vean desde el prisma de Dios y se potencien en nuestro actuar humano, acompañados por la presencia de Dios mismo. Desde ellos nos comprendemos necesitados y siempre más pequeños que un Dios que nos ama.
El significado, del número siete responde a un elemento mistérico y arquetípico que ya se recoge en la Biblia, es la totalidad de la propia vida con Dios. El siete resulta de la suma de tres y cuatro, donde el tres representa a Dios que es Trinidad; y el cuatro a los elementos de la naturaleza, lo cual lleva a la totalidad. Es por tanto un número de totalidad de la vida unida a Dios que nos acompaña en nuestra propia existencia.
10.   ¿En qué sentido es Jesucristo el autor de los sacramentos?
Los papas del Concilio Vaticano II (Juan XXIII y Pablo VI) sirven al autor, para presentar este capítulo, como los artífices de un ambiente propicio para la recepción de los cambios de la Iglesia. Es, por tanto, una comprensión de como ellos solos no fueron los responsables de todo lo que cambió en la Iglesia en esos años, pero si los que permitieron que el ambiente fuera propicio a ellos.
Así el autor ve que los sacramentos son anteriores a la propia Iglesia, pues el hombre desde la antigüedad los ha practicado de una forma u otra. Incluso el que se cree fuera de la religión o piensa en ritos seculares, está viviendo en una sacramentalidad ritual fruto de su conexión existencial con el Verbo Eterno. Por tanto, Jesucristo está presente en todos los sacramentos, como Verbo Eterno, desde el principio de la humanidad. Es una primera visión de corte vertical.
Pero también los instituyó, por su paso por la Tierra, de forma horizontal. Es autor de los sacramentos al modo de dotó de eficacia salvífica a los ritos que ya existían y conectaban con el Verbo. Es por tanto, autor, principalmente del Bautismo, de la Eucaristía y la Penitencia. Pero también de la fuerza presencial suya en los otros. De la unión vertical y horizontal nace el sentido cristiano de los sacramentos.
11.    El sacramento de la palabra dada
La Palabra define a la propia persona, por eso es sagrada como la persona. La palabra escrita se puede borrar o tachar, pero la Palabra dada es expresión de aquel que la pronuncia, posee su fuerza e impronta.
Los sacramentos que actúan “ex opere operato” son la expresión de Dios en el mundo, con los hombres. De esta forma se reciben una vez realizado el rito sacramental, no por arte de magia, sino por la promesa de Cristo de que él se haría presente. Actúan con indiferencia del propio ministro que los realiza. La Gracia de Dios se recibe por la acción sacramental y no por magia, o santidad del ministro que es simplemente un instrumento de Dios.
Jesús es la palabra dada por Dios, y por tanto, la propia garantía que Dios da a los hombres de su acción salvífica en los sacramentos y en la Iglesia. Por Jesús y su resurrección sabemos que Dios nos amó desde siempre, es la constatación de este amor.
12.   El sacramento de la respuesta dada y del encuentro celebrado
Partiendo de la relación de enemistad entre dos familias de su pueblo, Boff, nos presenta que todo está en relación en el mundo. Nadie, ni nada, puede vivir aislado y sin relación con todo lo demás. Ante esto existen dos posibilidades, la de acoger o la de rechazar. Para las peleas, dos deben querer pelear, e igualmente para la reconciliación.
De esta forma los sacramentos, son dados por Dios, pero exigen que el hombre los acoja como aquel que nos sale al encuentro. Es tener apertura a dios que viene a nosotros. No violenta Dios en su actuar, sino que viene a nosotros y se nos presenta pidiendo ser acogido en nuestro interior.
Por eso, lo que el rito celebra es el encuentro con Dios, pero que no se realiza en ese momento concreto, sino que es fruto de una experiencia que comenzó antes y que continuará tras el hecho sacramental. El rito visibiliza y celebra el encuentro que se ha ido realizando, y preparando desde tiempo atrás para acoger a Dios. De otra forma sería falso y no serviría para santificar, sino para disgustar y ofender a Dios.
Por último, a este respecto es muy importante saber que el sacramento que se recibe necesita de un compromiso del creyente. Es un proceso de liberación humano mediante el cual, quien recibe el sacramento se ha ido comprometiendo cada vez más en su relación con Dios, con la comunidad eclesial y con todos los hombres. Cada sacramento que se realiza, debe llevar un compromiso de vivirlo en autenticidad, o no servirá su recepción.
13.   Lo dia-bólico y lo sim-bólico en el universo sacramental
En este último capítulo el mejor ejemplo para ilustrarlo es la propia vida de Jesús. Sus contemporáneos al verlo actuar, predicar y vivir, se dividieron entre los que entendieron que sus gestos eran un sentido más profundo que apuntaba a Dios (simbólico) y aquellos que lo acusaron de ser un separador de la realidad y rompedor de tradiciones (diabólico). Jesús es la luz que alumbra al mundo, y por ello también permite desde él ver si las cosas están unidas a Dios por el simbolismo, o dividida de la santidad por el movimiento diabólico.
Con la recepción de los sacramentos pasa igual, se pude acudir a ellos con un sentido simbólico o diabólico:
El sentido simbólico en los sacramentos necesita en primer lugar de la Fe. La fe es necesaria para vivir en autenticidad ese encuentro con Dios por el Sacramento. Además esta misma fe se expresa por medio del sacramento, y se alimenta de éste. Se han de celebrar, de igual modo, desde la Iglesia pues es la continuación de la Gracia de Jesús en el mundo. Y para que realmente posean su sentido simbólico, deben de ir acompañados de la propia conversión, entendida como ese volverse continuamente a Dios, buscarlo para unirte con él.
Si lo anterior no se cumpliera, entonces el sentido de los sacramentos sería diabólico. Se pude dar por un afán de recibir la gracia, como algo que se acumula y se comercia. O también puede ser fruto de un espíritu mágico, en el que el ritualismo supera el propio sentido último del sacramento, se pierde en su realidad última de unir con Dios y termina siendo diabólico (separando).
Conclusión:
Con esta obra, Leonardo Boff abre el concepto de sacramento. El público al que se dirige esta obra tiene una concepción cerrada de los sacramentos a solo los siete sacramentos de la Iglesia católica, en esa ceguera del hombre que no puede percibir la sacramentalidad de la vida cotidiana. Por eso este Sacramentos de la vida supone un pararse a pensar, a percatarse de la realidad sacramental que nos rodea, a ampliar el horizonte. Nuestra mente se libera y vuela sobre el mundo para percibir el sentido de las cosas, para leer en profundidad la realidad. Una realidad que es sacramento y evoca a Dios, evoca a Jesús, puesto que de Dios nacen todos los Sacramentos de la vida.