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miércoles, 25 de diciembre de 2019

La Cristología de Leonardo Boff


1-     El autor
Genésio Darci Boff nace en Concordia (Brasil) el 14 de diciembre de 1938. Siendo nieto de un italiano venido desde el Véneto a Río Grando do Sul a finales del siglo XIX. Pertenece a una familia de once hermanos de los cuales uno ingresará en la Orden de los Frailes Siervos de María y una hermana será religiosa. Él, a su vez, ingresará en 1959 en la Orden de los Frailes Menores (Franciscanos), tras haber realizado sus estudios primarios y secundarios en Concordia, Río Grande y Agudos (Brasil). Estudia Filosofía en Curitbia y Teología en la Universidad de Petrópolis.
En el año 1970 es enviado por su Orden a realizar el doctorado en Teología y Filosofía en la Universidad de Múnich (Alemania). Allí conoce y se convierte en su mentor, el teólogo Karl Rahner. Pero también comparte estudios y amistad con otros profesores como Joseph Ratzinger, el cual llegó a subvencionar la publicación de su tesis doctoral por ser uno de sus alumnos aventajados en la Universidad. Doctorándose en 1972.
Tras su etapa en Alemania vuelve a su Brasil natal para ejercer como profesor de Teología Sistemática y Ecuménica en el Instituto de Teología Franciscano de Petrópolis. A la vez ejercerá de profesor de Teología y Espiritualidad en varios centros de estudio y universidades de Brasil y del exterior, siendo destacable su calidad de profesor visitante en las universidades de Lisboa (Portugal), Salamanca (España), Harvard (Reino Unido), Basilea (Suiza) y en Heidelberg (Alemania), entre otras.
Como reconocimiento a su labor docente e investigadora se le conceden diferentes premios académicos a lo largo de su vida y en distintos centros por el mundo, destacando el ser doctor honoris causa en política por la Universidad de Turín (Italia), en Teología por la Universidad de Lund (Suecia), en Periodismo y comunicación social por la Universidad Nacional de la Plata (Argentina) y en Ciencias de la Tierra por la Universidad Iberoamericana Puebla (México).
Se dedicó a lo largo de su vida a la publicación y difusión de varios artículos y revistas de investigación. Entre estas funciones destaca su participación entre 1975 y 1985 del consejo editorial de la Editorial Vozes. Donde participó en la coordinación de la colección “Teología y Liberación”. También editó las obras completas de Carl Gustav Jung.
Entre 1970 y 1984 será redactor en la Revista Eclesiástica Brasileira, entre 1984 y 1992 de la revista Cultura Vozes y en todo ese período desde 1970 a 1995 hará lo mismo con la Revista Internacional Concilium.
Inaugura una nueva corriente de pensamiento teológico en la Iglesia, junto con Gustavo Gutiérrez Merino, conocida como la Teología de la Liberación. Corriente polémica, cuyas algunas opiniones le llevarán en 1984, con motivo de la publicación de su libro Iglesia: Carisma y poder a ser sometido a un proceso por la Congregación para la Doctrina de la Fe. La cual resolverá en 1985 a condenarlo a una suspensión a divinis durante un año. Lo cual le obligará a abandonar todas sus funciones editoriales y académicas.
De nuevo en el año 1992 se le vuelve a suspender por la publicación de otra obra titulada América latina: de la conquista a la nueva evangelización. Aunque según la opinión del propio Boff, fue para evitar su participación en la Conferencia de la ONU sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Eco-92) que se celebró en Río de Janeiro. Ante esta suspensión él decide abandonar el ministerio ordenado y su orden. Presentándose en 1993 a un concurso público para ocupar la plaza de profesor de ética, filosofía de la religión y ecología en la Universidad del Estado de Río de Janeiro.
El 8 de diciembre de 2001 recibe en Estocolmo el Right Livelihood Award. Conocido como el premio Nobel alternativo creado en 1980 para premiar las tareas en beneficio de la humanidad que quedan fuera de los tradicionales premios de la Academia sueca.
En la actualidad vive en el Jardim Araras, una región campestre ecológica del municipio de Petrópolis (Brasil) con su esposa María Monteiro de Miranda.

2-    La obra
Es autor de más de 60 libros en las áreas de teología, espiritualidad, filosofía, antropología y mística. Entre ellos se deben destacar aquellos más importantes en su pensamiento y desarrollo intelectual:

¿Enseñanza religiosa o enseñanza de las religiones e iniciación a la vida del espíritu?
Desde el lugar del pobre
Ecología: grito de la Tierra, grito de los pobres
El águila y la gallina. Una metáfora de la condición humana
El cuidado esencial. Ética de lo humano, compasión por la Tierra.
El despertar del águila
Ética planetaria desde el Gran Sur
Femenino y masculino. Una nueva conciencia para el encuentro de las diferencias.
Gracia y experiencia humana
Iglesia: Poder y Carisma
La dignidad de la Tierra. Ecología, mundialización, espiritualidad.
La opción-Tierra: la solución para la tierra no cae del cielo.
La voz del arco iris
Los sacramentos de la vida.
Mística y espiritualidad, junto a Frei Betto
Nueva Evangelización.
San Francisco de Asís. Ternura y Vigor.
San José. Padre de Jesús en una sociedad sin padre.
Teología del cautiverio y de la liberación.

En el área de la Cristología por ser la que más nos interesa para el presente estudio cabe destacar:
Evangelio del Cristo cósmico
Una Cristología desde la periferia
Jesucristo, liberador
Pasión de Cristo y sufrimiento humano
La resurrección de Cristo y nuestra resurrección
El seguimiento de Cristo

Éstas serán las obras que se sigan para el siguiente análisis y que se encuentran traducidas al castellano y compendiadas en el libro de Leonardo Boff: Jesucristo y la liberación del hombre. Ediciones Cristiandad, 1987

3-    La Cristología
El objeto del siguiente estudio es identificar a partir de la obra cristológica de Leonardo Boff aquellas ideas que están más acorde con el magisterio de la Iglesia, y también aquellas que lo llevan a ser calificado como un autor anticalcedoniano. Por ello habría que comenzar resumiendo brevemente la idea cristológica de Calcedonia para una vez expuesta la idea cristológica del autor poder identificar los puntos acordes y los puntos en desacuerdo entre ambas cristologías.
Para el Concilio de Calcedonia, celebrado en el 451, la expresión cristológica se cerraba con la afirmación doctrinal de las dos naturalezas de Cristo que estaban unidas «sin confusión» (άσυγχύτως) y «sin división» (άδιαιρέτως); se puede ver en ellas el equivalente apofático de la fórmula que afirma «las dos naturalezas y la única hipóstasis» de Cristo. Toda idea cristológica que afirme una superioridad de la naturaleza humana sobre la divina, o viceversa está contradiciendo la confusión, y si se niega la acción de ambas se está negando la división. Ambas coexisten y ambas actúan de igual forma en la única persona de Jesucristo.
Leonardo Boff escribe y plantea una cristología que nace desde una experiencia muy concreta de la realidad. Para él la base de su cristología sería el clima de opresión y pobreza que se vive en Sudamérica. Además, al ser uno de los impulsores, junto con Gustavo Gutiérrez, de la llamada Teología de la Liberación, su pensamiento estará intima relacionado con esta forma de hacer teología.
De hecho, para él la opresión será el lugar social del nacimiento de la cristología, pues la acción soteriológica de Jesús sería el encarnarse en hombre para acabar con la desigualdad y la opresión. No solamente la del pecado, sino aquella que destruye y condena a la humanidad concreta. A los seres humanos en comunidad, historia, progreso, etc. El todo hombre quedaría para Boff concretado en la encarnación de Jesús en un individuo comunitario y social.
De esta forma, nos presenta el autor que la cristología está encarnada con la realidad. Porque toda cristología parte de un condicionante de poder social. Hay una realidad concreta que lleva a los teólogos a plantearse la imagen de cristo desde su propio contexto vital. Esto daría a una imagen dividida de Cristo pues sería diferente el contexto teológico de un europeo, al de un americano, diferente a su vez en el norte o en el sur, o un asiático de un oceánico. Cada cual al partir de su contexto vital para hacer teología se estaría desde el comienzo contaminando la investigación en cristo. Pues se ha de partir de una persona: Jesús y no de una realidad socio-cultural específica del investigador.
De esta forma nos plantearía, en su presupuesto cristológico que toda cristología es en realidad una producción histórica. Tiene un objetivo claro el cristólogo y no es el descubrir la verdadera imagen de Jesús, sino ver de qué manera el hombre Jesús sirve de liberación para los oprimidos. De hecho esta idea cristológica de Boff surge concretamente en América del Sur y está circunscrita a esta sola realidad.
El concepto más básico de su imagen cristológica será el de liberación. Para él, la liberación se ha de entender como un compromiso en favor de los oprimidos. De esta forma cree importante que se unan dos aspectos importantes en el estudio de Jesús, por un lado una dimensión teórica, la cristología; y, por otro lado, una dimensión práctica, que sería la política. Para él hacer cristología es hacer política y viceversa. Pues no entiende que el teólogo no actúe con aquello que predica, ni tampoco que el cristiano que actúa en política lo haga sin responder a una teología/cristología anterior a su quehacer.
Este compromiso teórico/práctico, a modo de entender de Leonardo Boff no dispensa de una epistemología coherente. Pues a su modo de ver, aunque el punto de partida difiera según el ámbito espacio-temporal desde el que se elabora la cristología, la ciencia debe ser la misma sin importar el “lugar social”. Luego pone la fiabilidad del estudio solo en la metodología y no en el punto de partida del estudio, que ya es un condicionante a la hora de acercarse al objeto de estudio
De hecho, en este punto de articulación cristológica, se ha de tener en cuenta que para Leonardo Boff existen dos niveles de conciencia social, y por tanto, esto conlleva, a que haya dos teologías de la liberación. Una conciencia más analítica y otra más práctica. Pero ambas, para ser teología de la liberación, han de respetar la máxima “la humanidad se pierde en el capitalismo”.
Por este motivo, observa en su cristología una doble reacción de la conciencia cristiana:
-         Por un lado, está el analizar cristológicamente el aspecto de la sensibilidad, es decir lo vivido y experimentado por el individuo y la comunidad.
-         Por otro lado, se ha de ver a Cristo en lo puramente analítico, es decir en el pensamiento como constructo teórico.
Ambas reacciones parten y se desarrollan a partir de la miseria humana, que activa, anuncia y reclama la acción de Cristo liberador.
A continuación vamos a observar las dos articulaciones que hace Leonardo Boff sobre el estudio cristológico:
1.      Articulación “sacramental” de la cristología de la liberación:
Nace de la indignación ética del estudioso de Cristo. Traza una imagen de Cristo diferente del monarca celeste (que sería la que enseña la piedad “oficial”) o del Cristo vencido y doloroso (imagen de la piedad popular). Estas dos imágenes son rechazadas para apostar por una cristología de la liberación basada en valores, temas y llamadas al cambio y a la liberación. Va contra lo político opresor sin un trasfondo analítico. Es una cristología teóricamente revolucionaria pero que acaba acomodándose a un pragmatismo eventualmente conservador.
2.      Articulación “socio-analítica” de la cristología de la liberación:
Para él es la auténtica “cristología de la liberación” ya que va contra el propio pecado estructural que es el que aleja y destruye la imagen de Jesús. Para llevarla a cabo se ha de realizar una mediación socio-analítica (realidad a cambiar) y una mediación hermenéutica (capacidad de leer el contexto socio-analítico a la luz de la revelación y de Cristo liberador)
De hecho, la mediación socio-analítica como realidad que se ha de cambiar con el estudio y ejercicio de la cristología, conlleva dos utopías:
·        La de los dominantes: Es aquella en la que la sociedad avanza por la ciencia y el progreso (Armonía)
·        La de los dominados: Es aquella que avanza solo con una sociedad igualitaria (esto conlleva el enfrentamiento.
La fe en Jesucristo como liberador hace que se elija en cada circunstancia el mejor análisis a llevar a cabo. Aunque él cree, que la opción que debería prevalecer siempre en la cristología de la liberación debe ser la revolucionaria de los oprimidos. Pues la liberación de Cristo no es solo política, social o económica, pero necesariamente debe pasar por estos aspectos del hombre y la sociedad. Se buscaría por tanto la ruptura para acabar con la dependencia de unos hombres con otros ganando más autonomía, como prisma de libertad que Cristo viene a traer a la Tierra.
Otro aspecto de la cristología de Boff a tener en cuenta, sería las grandes perspectivas de una comprensión del Jesús en la historia dentro de la perspectiva concreta de la teología de la liberación. De hecho, para él, la dimensión liberadora de Jesús en la historia debe conllevar a un cambio en las concepciones anteriores de Jesús. Ya que esta forma de acercarse a su persona:
- Privilegia al Jesús de la Historia del Cristo de la Fe. Siendo el primero, a opinión de Boff, el auténtico Jesús y el segundo una construcción teórico-histórica.
- Se observa una igualdad entre el tiempo vivido por Jesús y los tiempos actuales. No hay una diferencia muy grande entre las estructuras de opresión de la era de Jesús y las actuales
- Muestra la forma de transformar la realidad siguiendo el mismo comportamiento de Jesús.
- La resurrección ilumina al Cristo de la Historia, como los Evangelios.
Entrando ahora más concretamente en las acciones y actitudes de Jesús podríamos analizar diferentes aspectos de su vida histórica que lleguen a vislumbrar de manera más concreta la imagen que Leonardo Boff tiene de Jesús, ya que ha primado en su cristología el Cristo de la Historia, sobre el llamado Cristo de la Fe.
a)    La predicación de Jesucristo:
La base de la predicación de Jesús es el Reino de Dios, lo cual sería a opinión de Boff, una utopía de la liberación absoluta y sus anticipaciones en la Historia. El Jesús histórico, dirá el autor, solo anuncia el Reino de Dios y no directamente a Dios, a sí mismo o a la Iglesia. Luego esta opinión de Boff parece ir en contra de las mismas palabras de Jesús al decir que “quien me ve, ve al Padre” (Jn. 14,9). Lo cual sería que Jesús recalca en primer lugar el verlo a él y después descubrir en su persona la del Padre.
A sí mismo, para el brasileño, el Reino de Dios supera cualquier intento de alcanzarlo. Ya que se trata de un proceso que se va alcanzando poco a poco, pero al que no se llega en totalidad. Habría la esperanza en un final feliz inalcanzable y una serie de liberaciones parciales, que si se completarían en este discurrir humano.
b)   La praxis de Jesús
El modo de actuar de Jesús, sus acciones, son en opinión de Boff una liberación en marcha. De ahí que Jesús apoya el cambio liberador del mundo y la sociedad a través de los milagros como signos de que ha tomado el control el más fuerte (Mc. 3, 27) y que hace presente el Reino de Dios (Lc. 11,20). Por tanto su acción es la de apoyar y defender al más débil. Siendo el un señor poderoso, se abaja a ayudar al necesitado.
Jesús se presenta como un liberador profético, que aunque se inserta en el campo religiosos (por ser este el poder dominante en la época en la que vivió) en realidad sería un reformador político, y no religioso. Por eso relativiza las prácticas religiosas (Mc. 2,23-26; Mt. 25, 31-46), para demostrar que el lugar privilegiado donde Dios se esconde es el pobre y no el culto, la plegaria o la observancia religiosa que serían mediaciones de la verdadera acción hacia el necesitado.
Jesús actúa rompiendo la estratificación social y por eso se gana la fama de glotón y bebedor (Mt. 11,19). Ya que estuvo en contacto con todos los ambientes sociales de la Galilea del S. I y no se inmiscuyó o concretó a un solo sector. Siendo especialmente amoroso con el pobre, como lugar de encuentro del hombre con Dios. Pero, a pesar de comer con todos, si es verdad que él denunciará la riqueza, porque la entiende como el fruto de explotar al pobre (Lc. 16,9). Por eso, predica las bienaventuranzas como el argumento más importante de actuación del hombre, el cual ha de vivir dentro del espíritu de las mismas.
c)    La llamada a la Conversión
Boff cree que la conversión es una exigencia de la liberación a la que Dios nos llama. Ya que se ha de tener en cuenta que la conversión es algo personal e íntimo de cada hombre, pero que lo personal lleva a lo social y viceversa.
De hecho la muerte de Jesús se llega a interpretar por este autor como una llamada de atención a que no todo está permitido en este mundo. La acción del justo que llama a la conversión, consiguió que los opresores lo condenaran a la muerte, y aquel humilde Cristo que propuso el Reino de Dios sin violencia, muriera víctima de ésta.
d)   El sentido de su muerte
Visto lo anterior, habría que decir que la muerte de Jesús fue el precio de la liberación según el corazón de Dios. De hecho, afirma Boff, fue la crítica de Jesús a los poderes políticos, económicos y religiosos (sociales) los que le llevaron a la muerte.
Esta muerte es aceptada libremente por Jesús, sin ser pactada con los poderosos. Pues Jesús al morir es acusado de dos crímenes: blasfemo (porque liberaba de las practicas opresoras y de un Dios distinto al del statu quo) y guerrillero (cercano al movimiento de los Zelotas, pero sin aceptar de estos el mesianismo-político).
La cruz, por tanto, se entiende como entrega por los demás que ha de conducirlos a la liberación.
e)    La resurrección
La resurrección se interpreta como una irrupción anticipada de la liberación definitiva. Sería, por tanto, el cumplimiento de la liberación total que traía el Reino de Dios que anunció con su vida y ofreció en su muerte libre.
La resurrección es el triunfo sobre la vida oprimida y dura, que Dios tiene la intención última de traer sobre el mundo. Así se demuestra ya en forma de germen, que el verdugo no triunfa sobre la victima que será engrandecida por la acción de Dios, que ama al desgraciado.
f)      El seguimiento del discípulo
De esta manera, el que conoce todos estos aspectos del ser de Jesucristo, tiene una obligación real de seguir a Jesús. Ya que este seguimiento es la forma de actualizar la liberación que se vislumbró en su obrar y su predicar.
La vida humana se concentra en una estructura pascual de seguimiento a Cristo, muerto y resucitado. Solo dentro de esta dinámica se puede entender el seguimiento, que, para Boff, es la única forma de traer la utopía del Reino que eleva la realidad al mundo pleno.
Jesús no ha dejado en su vivir histórico una forma de presencia en cada situación que nos vayan surgiendo en la vida, sino que las claves que nos dejó son su opción por los oprimidos, su renuncia al poder, su solidaridad con todos los hombres y una vida abierta al Padre. Ahora corresponde al discípulo seguir teniendo estas mismas actitudes de Jesús para resolver los conflictos de la sociedad y traer el Reino de Dios a todos los hombres.
Estas son las líneas más fijas de la cristología de Leonardo Boff que como se ha podido comprobar van a generar en neo-calcedonianismo pues ya desde el principio el presupuesto metodológico es el de la propia experiencia del teólogo y no el del descubrimiento universal de Jesús. También se potencia más la condición humana, que él llama el Jesús histórico, frente a su condición divina que denomina Jesús de la fe. Por último se puede ver que Jesús fue más un mesías político y social que el salvador. Ha dividido la soteriología de su ontología. Además se ha perdido la naturaleza humana y divina de Jesús con una división y una confusión entre la acción de Hijo de Dios y el llamado Jesús histórico.


Bibliografía:
-         BOFF, L. Jesucristo liberador. Elaboración de una cristología a partir de la América Latina oprimida. En Lumiere et vie, 26 Nº134, 1977
-         BOFF, L. Jesucristo y la liberación del hombre. Ediciones Cristiandad, 1987
-         DAVID, G. Cristo cósmico y antropocentrismo en Leonardo Boff: Una lectura desde la óptica reformacional. En veritas, 36. 2017
-         FERNÁNDEZ, M.A. y MARCOS, J. Leonardo Boff. El teólogo de la Tierra. Revista digital FronteraD. 12/7/12 

martes, 13 de febrero de 2018

Comentario al libro: LOS SACRAMENTOS DE LA VIDA DE L. BOFF



1.       Puerta de acceso al edificio sacramental
En esta obra Leonardo Boff pretende despertar en el lector, el amor por los sacramentos. Los cuales ya desde el principio va presentando como algo más amplio a la propia realidad sacramental de la Iglesia. El autor los presenta como unos signos y símbolos que están presentes en el mundo que nos rodean, y que trascienden la propia realidad sensible. Son aquello que nos rodea, con un lenguaje propio y que conduce al hombre a una comprensión mayor de la realidad.
Para Boff, las cosas del mundo pueden hablar, y el hombre es el único ser en la tierra con capacidad de escucharlas, de leer en ellas aquello que quieren comunicarnos. El mundo tiene en sí mismo un alfabeto propio que nos habla a través de signos que nosotros, los seres humanos, somos capaces de leer. Todo el mundo habla de una realidad mayor, de Dios que está escribiendo en el mundo, y lo trasciende como autor del mismo.
Se dice que el hombre, tras la modernidad ha perdido esta capacidad de escucha, de lectura de la realidad. El ser humano que se ha quedado encerrado en la inmanencia de la ciencia y no es capaz de leer más allá de los acontecimientos, dice el autor, que se debe no a la perdida de la capacidad de trascendencia, sino a que ya no se entienden los símbolos del mundo como antes. Los símbolos han quedado momificados, y ya no es tan fácil ver más allá de ellos; el hombre necesita que se le explique el símbolo, y eso hace que pierda su fuerza simbólica.
Los sacramentos son un juego entre el hombre, el mundo y Dios. De ahí que el símbolo no necesite explicación, sino vivencia, capacidad de vivirlo y realizarlo existencialmente. Los antropólogos sitúan al hombre ante la realidad en un proceso triple:
a)      Primero el hombre ve la realidad con temor. Se admira de la realidad y estudia con miedo, por el desconocimiento qué es lo que ocurre.
b)      Poco a poco va aplicando sus conocimientos (Ciencia) para dominar esa realidad que le admira y aterra. Empieza a ser dueño de ella
c)      Por último, acaba por acostumbrarse a la realidad del mundo. Ya ve en los objetos que le rodean símbolos, que le evocan ese temor primero y el esfuerzo que ha hecho por superar sus limitaciones. Trasciende el mero objeto físico que le habla de un esfuerzo propio y a la vez de un poder mayor a él, Dios.
Un objeto sencillo, como un cigarrillo, puede por la publicidad llegar a simbolizar al hombre la posesión y control del mundo. Un poder superior que anhela y busca con hechos concretos (fumar). Esto se debe porque los hombres somos capaces de hacer de cualquier objeto un símbolo y de las acciones, ritos. La materia física del mundo nos conduce al sacramento, a ver el mundo como esa realidad trascendente.
Por eso, aunque la fuerza de trascendencia de los siete Sacramentos es mayor al resto, no debemos quedarnos encerrados en esta mera sacramentalidad, sino que debemos ver a la Iglesia como un sacramento mayor, y ver a Dios en el sacramento del mundo, de la vida.
El sacramento nos habla cada día. Nos comunica su fuerza simbólica, pero no con una capacidad descriptiva ni apologética, sino con la fuerza de la narrativa. Nos habla del encuentro del hombre con otros hombres, con los objetos y con Dios.
Aunque en muchas ocasiones, la Teología ha olvidado este impulso vital, esta fuerza de vida, los sacramentos siempre han estado presentes para potenciar este elemento de encuentro tan importante. Por eso podemos evocar en el presente, el pasado y el futuro. El mundo es un sacramento que nos abre la puerta a la trascendencia, que nos habla y conduce a Dios.
2.      El sacramento del vaso
En el presente capítulo, Boff, presenta la esencia misma de los sacramentos y como estos pueden ser comprendidos desde la sensibilidad. Para ello se vale de la imagen de un vaso, antiguo que durante generaciones ha pertenecido a su familia y ha pasado de ser un mero objeto, incluso puede que poco útil, para ser casi un miembro más de la familia. Porque evoca más que su propio ser objeto, llega a ser sujeto.
Todo este amar al vaso, y ver en él más se debe a que la primera experiencia evocadora del hombre comienza en su ser y sentirse en una familia. La propia vida bebe de ese vaso familiar. Es un vaso simbólico que recoge tu propia realidad vital y que te sacia más que el contemplar la realidad, beber el agua, del mundo con otro vaso. Puede ser esa fuerza sacramental que transforma lo malo (metáfora del agua contaminada) en bueno (agua limpia). Porque cambia la forma de trascender y leer la realidad.
Boff dirá que un sacramento es “una señal que contiene, exhibe, rememora, visualiza y comunica otra realidad diversa de ella, pero presente en ella.” Es decir, que es una realidad que no se agota en su objetivación sino que apunta a una realidad mayor. En el caso del vaso, no es solo eso, sino que es todo lo que significa la familia para el autor. Es un sacramento de su propia vida.
De ahí que haya dos formas de acercarnos al vaso: con una visión externa, es decir científica podríamos apuntar desde distintas disciplinas que es el objeto, de que esta hecho, para que sirve, incluso su lugar en la historia. Pero solo con una visión interna y profunda, alcanzaremos su valor sacramental. Solo desde el sentirlo desde dentro, dejara de ser un objeto (algo observable) para ser un sujeto (algo compartido, vivido).
3.      El sacramento de la colilla
Boff presenta otra forma de comprender y vivir los sacramentos. En este caso partiendo de la experiencia vivida, de aquella realidad que te comprende, te constituye y te ha formado en tu ser-en-el-mundo. De esta forma una basura, como puede ser una colilla, puede llegar a ser un sacramento de vida; pues esta remite al último cigarro fumado por su difunto padre. La colilla le evoca sus vivencias con él, lo lleva a la comunión con aquel que ya no está físicamente presente. Pero que se puede rememorar, por medio del símbolo (el cigarrillo) su vida y su obra con el hombre.
Por tanto, un sacramento también es una realidad que nos recuerda experiencias y vivencias, que nos han ido edificando y construyendo. Pueden ser personas que vemos en nuestra vida, casas, lugares, monumentos, etc., que apuntan más allá de lo que se ve, porque nos recuerdan y transportan a nuestras vivencias.
Por este motivo, según el autor, todo puede ser sacramento. Pues el mundo entero nos está hablando y solo podremos sacramentalizarlo cuando se mira con los ojos de la humanidad. Humanizar el mundo es contemplar la realidad con los propios ojos del hombre, de aquel que siente y atrae hacia si la fuerza evocadora de su vida, en símbolos que está a nuestro alrededor. Esta es la vocación del hombre para con el mundo, ser capaz de mirar con ojos humanos, trascendentes.
4.      El sacramento del pan
Una bella imagen, que nos ofrece el profesor Boff para la comprensión sacramental, es en este caso, el pan que elabora su madre. Pan que es en sí una metáfora del esfuerzo de una mujer que actúa por amor a su familia. Pero también es recuerdo de las peleas, la vida familiar, el compartir la propia vida y existencia entre todos.
Las cosas, como este pan, pueden ser todas iguales; o pueden, por medio del sacramento, ser diferentes a aquellas que se le parecen. Ese pan para Boff, es único, aunque externamente muestre lo mismo que cualquier otro. Es el pan de su madre, de su casa. Es único en el mundo.
Esto se debe porque los sacramentos gozan de una realidad visible, tangible, in-manente, aquello que se ve y se palpa con los sentidos corrientes. Pero que no se agota en ello, sino que gozan de la capacidad de traer ante sí, una realidad trascendente. Hacen visible, aquello que no lo está de manera sensible. Se produce una experiencia por la que lo in-manente, evoca la trans-parencia de otra realidad, que trans-ciende lo sensible, y visualiza lo que no está ante nosotros. El sacramento es por tanto realidad inmanente y transcendente, mediatizado por su capacidad transparente (capacidad de visibilizar lo que no se ve).
5.      El sacramento de la vela de navidad
Cuando se encontraba en horas bajas Leonardo Boff, al vivir la primera navidad lejos de su patria sintió el calor de la fraternidad, con el don, el regalo de una vela. Esa vela pasa a ser un sacramento que apunta el don de la fraternidad, que une las fronteras y hace entrar en una comunión, no solo humana sino divina.
Esto le lleva a pensar que visto desde los ojos de Dios, todo es sacramento. Si hasta ahora los símbolos lo habían dejado en el terreno de lo meramente humano, a partir de ahora le apunta a Dios. Siente la comunión sacramental con Dios. Él define esta unión con Dios como una experiencia interior que alcanza las raíces de la propia existencia. Algo tan profundo que solo puede ser obtenido por la luz del sobrenatural.
Por tanto, el que mira el mundo, y lo siente desde la transcendencia divina, de un Dios que se esconde ante la realidad, verá que todo es más de lo que parece. Con los ojos puestos en Dios, se es capaz de transcender toda la realidad mundana
Porque el mundo como sacramental, posee dos funciones: indicadora y reveladora. Hay un doble movimiento en la transcendentalidad del hecho sacramental. Por un lado hay una acción de Dios sobre las cosas (función reveladora), mediante la cual se observa la acción de Dios y se puede conocer quien es; pero por otro lado, hay un movimiento que se dirige de la cosa a Dios (función indicadora) la cual nos muestra desde lo sensible a lo trascendente. Todo el mundo apunta hacia Dios y revela a Dios, solo hay que saber mirar la realidad con esa mirada trascendente, como sacramento.
6.      El sacramento de la historia de la vida
En este caso el sacramento es la propia historia del hombre. Por eso, cuando él en su vocación es ordenado sacerdote, puede hacer presente aquello que lo impulsó a seguir una vocación específica. Toda su vida es leída desde los acontecimientos del pasado, las decisiones, las experiencias vividas que lo han constituido lo que él es.
El pasado es un sacramento para el presente. La historia personal y colectiva de un pueblo es sacramento que hace un presente feliz (por la liberación de Dios) o desdichado (la opresión). La historia humana, por tanto, está sacramentalmente vivida para hablar del presente de cada uno, pudiendo revivir el pasado, como signo de liberación o de perdición.
7.      El sacramento del profesor de enseñanza primaria
Partiendo de la experiencia vital de su profesor de primaria rural, el autor, va presentando como una persona puede llegar a ser sacramento como imagen de entrega, abnegación y esfuerzo de trabajar por los demás. Para él, el testimonio de este hombre humanista supuso un encuentro sacramental con una realidad superior.
Tomando este símil, él ve en Jesús de Nazaret el sacramento frontal de Dios en el mundo. La presencia sacramental de Dios, es Jesús, el cual encarnó en la tierra todas las virtudes y características propias de Dios. Para él todo hombre bondadoso y entregado es sacramento de Jesús, como Jesús lo es de Dios.
Al encontrarte con Jesús, al convivir con él y conocerlo, puedes experimentar la grandeza de Dios, y también el verdadero amor humano. Jesús aúna en su persona los dos sentidos propios de ser Dios y hombre, es por tanto, el sacramento que une ambas experiencias. Por eso es sacramento de unión entre Dios y los hombres.
8.      El sacramento de la casa
La casa es el lugar donde sacramentalmente uno tiene su lugar concreto en el mundo, y donde además encuentra su sentido existencial. Todo en ella le resulta familiar, y está tranquilo y agusto cuando la siente y vive. Además, desde la casa, el poder sacramental se va agrandando abarcando toda la realidad circundante en forma de círculos concéntricos que van creciendo y haciendo sacramental todo lo que rodean.
Si en el epígrafe anterior se veía que Jesús es sacramento de Dios, la Iglesia es el sacramento de Jesús. La Iglesia es como una casa, en la cual su sentido de familiaridad se la da el ser sacramento de Cristo, es por tanto, un lugar familiar para todo aquel que lo sigue. Se convierte así en un organismo vivo, una comunidad de salvación donde todos se sienten sacramentalmente como en casa.
9.      Los ejes sacramentales de la vida
En toda casa hay lugares que tienen una significación mayor que otras, como por ejemplo el comedor o el dormitorio de los padres. Así como hay acontecimientos y fiestas (cumpleaños, aniversarios, etc.) que hacen que la sacramentalidad de la convivencia familiar se vea potenciado y mayormente sacramentalizado para todos.
En la Iglesia, como en la casa, esto también ocurre pero especialmente se refleja en los llamados siete sacramentos. Estos responden a un doble nivel de entendimiento y se explican desde ellos:
Desde un nivel histórico-consciente son siete sacramentos porque el devenir de la historia así los ha estipulado, desde Jesucristo hasta el Concilio de Trento se han ido fraguando y concretando como tal, es una forma positiva de acercarse a ellos.
Pero también podemos ahondar más profundamente en el misterio de los siete sacramentos, para verlos desde un sentido estructural-inconsciente. Desde esta visión, los sacramentos se presentan como un acompañar la propia vida desde el nacimiento hasta la muerte, con Dios y los hermanos. Es la forma de vivir la vida, acompañado de la Gracia de Dios.
Estos siete sacramentos desdoblan y subliman la propia existencia humana. Hacen que los acontecimientos diarios, se vean desde el prisma de Dios y se potencien en nuestro actuar humano, acompañados por la presencia de Dios mismo. Desde ellos nos comprendemos necesitados y siempre más pequeños que un Dios que nos ama.
El significado, del número siete responde a un elemento mistérico y arquetípico que ya se recoge en la Biblia, es la totalidad de la propia vida con Dios. El siete resulta de la suma de tres y cuatro, donde el tres representa a Dios que es Trinidad; y el cuatro a los elementos de la naturaleza, lo cual lleva a la totalidad. Es por tanto un número de totalidad de la vida unida a Dios que nos acompaña en nuestra propia existencia.
10.   ¿En qué sentido es Jesucristo el autor de los sacramentos?
Los papas del Concilio Vaticano II (Juan XXIII y Pablo VI) sirven al autor, para presentar este capítulo, como los artífices de un ambiente propicio para la recepción de los cambios de la Iglesia. Es, por tanto, una comprensión de como ellos solos no fueron los responsables de todo lo que cambió en la Iglesia en esos años, pero si los que permitieron que el ambiente fuera propicio a ellos.
Así el autor ve que los sacramentos son anteriores a la propia Iglesia, pues el hombre desde la antigüedad los ha practicado de una forma u otra. Incluso el que se cree fuera de la religión o piensa en ritos seculares, está viviendo en una sacramentalidad ritual fruto de su conexión existencial con el Verbo Eterno. Por tanto, Jesucristo está presente en todos los sacramentos, como Verbo Eterno, desde el principio de la humanidad. Es una primera visión de corte vertical.
Pero también los instituyó, por su paso por la Tierra, de forma horizontal. Es autor de los sacramentos al modo de dotó de eficacia salvífica a los ritos que ya existían y conectaban con el Verbo. Es por tanto, autor, principalmente del Bautismo, de la Eucaristía y la Penitencia. Pero también de la fuerza presencial suya en los otros. De la unión vertical y horizontal nace el sentido cristiano de los sacramentos.
11.    El sacramento de la palabra dada
La Palabra define a la propia persona, por eso es sagrada como la persona. La palabra escrita se puede borrar o tachar, pero la Palabra dada es expresión de aquel que la pronuncia, posee su fuerza e impronta.
Los sacramentos que actúan “ex opere operato” son la expresión de Dios en el mundo, con los hombres. De esta forma se reciben una vez realizado el rito sacramental, no por arte de magia, sino por la promesa de Cristo de que él se haría presente. Actúan con indiferencia del propio ministro que los realiza. La Gracia de Dios se recibe por la acción sacramental y no por magia, o santidad del ministro que es simplemente un instrumento de Dios.
Jesús es la palabra dada por Dios, y por tanto, la propia garantía que Dios da a los hombres de su acción salvífica en los sacramentos y en la Iglesia. Por Jesús y su resurrección sabemos que Dios nos amó desde siempre, es la constatación de este amor.
12.   El sacramento de la respuesta dada y del encuentro celebrado
Partiendo de la relación de enemistad entre dos familias de su pueblo, Boff, nos presenta que todo está en relación en el mundo. Nadie, ni nada, puede vivir aislado y sin relación con todo lo demás. Ante esto existen dos posibilidades, la de acoger o la de rechazar. Para las peleas, dos deben querer pelear, e igualmente para la reconciliación.
De esta forma los sacramentos, son dados por Dios, pero exigen que el hombre los acoja como aquel que nos sale al encuentro. Es tener apertura a dios que viene a nosotros. No violenta Dios en su actuar, sino que viene a nosotros y se nos presenta pidiendo ser acogido en nuestro interior.
Por eso, lo que el rito celebra es el encuentro con Dios, pero que no se realiza en ese momento concreto, sino que es fruto de una experiencia que comenzó antes y que continuará tras el hecho sacramental. El rito visibiliza y celebra el encuentro que se ha ido realizando, y preparando desde tiempo atrás para acoger a Dios. De otra forma sería falso y no serviría para santificar, sino para disgustar y ofender a Dios.
Por último, a este respecto es muy importante saber que el sacramento que se recibe necesita de un compromiso del creyente. Es un proceso de liberación humano mediante el cual, quien recibe el sacramento se ha ido comprometiendo cada vez más en su relación con Dios, con la comunidad eclesial y con todos los hombres. Cada sacramento que se realiza, debe llevar un compromiso de vivirlo en autenticidad, o no servirá su recepción.
13.   Lo dia-bólico y lo sim-bólico en el universo sacramental
En este último capítulo el mejor ejemplo para ilustrarlo es la propia vida de Jesús. Sus contemporáneos al verlo actuar, predicar y vivir, se dividieron entre los que entendieron que sus gestos eran un sentido más profundo que apuntaba a Dios (simbólico) y aquellos que lo acusaron de ser un separador de la realidad y rompedor de tradiciones (diabólico). Jesús es la luz que alumbra al mundo, y por ello también permite desde él ver si las cosas están unidas a Dios por el simbolismo, o dividida de la santidad por el movimiento diabólico.
Con la recepción de los sacramentos pasa igual, se pude acudir a ellos con un sentido simbólico o diabólico:
El sentido simbólico en los sacramentos necesita en primer lugar de la Fe. La fe es necesaria para vivir en autenticidad ese encuentro con Dios por el Sacramento. Además esta misma fe se expresa por medio del sacramento, y se alimenta de éste. Se han de celebrar, de igual modo, desde la Iglesia pues es la continuación de la Gracia de Jesús en el mundo. Y para que realmente posean su sentido simbólico, deben de ir acompañados de la propia conversión, entendida como ese volverse continuamente a Dios, buscarlo para unirte con él.
Si lo anterior no se cumpliera, entonces el sentido de los sacramentos sería diabólico. Se pude dar por un afán de recibir la gracia, como algo que se acumula y se comercia. O también puede ser fruto de un espíritu mágico, en el que el ritualismo supera el propio sentido último del sacramento, se pierde en su realidad última de unir con Dios y termina siendo diabólico (separando).
Conclusión:
Con esta obra, Leonardo Boff abre el concepto de sacramento. El público al que se dirige esta obra tiene una concepción cerrada de los sacramentos a solo los siete sacramentos de la Iglesia católica, en esa ceguera del hombre que no puede percibir la sacramentalidad de la vida cotidiana. Por eso este Sacramentos de la vida supone un pararse a pensar, a percatarse de la realidad sacramental que nos rodea, a ampliar el horizonte. Nuestra mente se libera y vuela sobre el mundo para percibir el sentido de las cosas, para leer en profundidad la realidad. Una realidad que es sacramento y evoca a Dios, evoca a Jesús, puesto que de Dios nacen todos los Sacramentos de la vida.